El consumo de alcohol entre los jóvenes

Entre los trece y los quince años, el factor del alcohol parece ser uno de los temas fundamentales. Me sorprende mucho tener que tocar este tema dentro de este rango de edad y no a los diecio­cho, como diría la ley chilena y también la interna­cional en la que uno debiera hablar sobre el alcohol. Todos sabemos, los adultos, que es ilegal tomar alco­hol antes de los 18 años. El problema es que ningún adulto parece respetar esa legalidad, y quizás lo más peligroso de eso es la formación valórica que a través de esto les estamos mostrando a los adolescentes, porque en el fondo les estamos diciendo: “Mira, en realidad esto no se debe hacer, pero como todos lo hacen y parece ‘normal’, el que lo realices, si no te pillan, está bien”. Ése es el mensaje valórico que hay detrás; por lo tanto, ese mismo adolescente podría manejar o conducir un vehículo antes de los 18 años, porque entretanto no lo pillen, tampoco es un riesgo.

Podría también después evadir impuestos o ser infiel; mientras no lo sorprendan, pareciera no ser un factor preponderante. Por lo tanto, no debiera extrañarnos que cuan­do ya llegan a los quince años con valores erróneos, como lo acabo de mencionar, los niños no sepan cómo divertirse. Y recurran a un factor externo, que evidentemente ya no puede ser el disfraz, la televisión o el computador. Todos estos son reemplazados por factores externos, como el alcohol, que los “encienden”, que los “prenden”, como los llaman ellos. El alcohol les permite expresarlo que de otra manera no dirían. Los hace reírse y compartir con amigos carac­terísticas que sobrios no serían capaces de desarrollar, ni demostrar afectos que no sea a través del trago.

Los niños pareciera que consumen alcohol pro­ducto de una escasez de habilidades sociales, de no saber cómo hablar, de cómo entretenerse, si es que no tienen algo en el cuerpo que les “condimente” su comportamiento social. Debido a eso, también se produce el alto consumo de pastillas, como el éxta­sis, anfetaminas o jarabes, que de una u otra mane­ra activan el sistema emocional para poder tener la personalidad que sin estos elementos anexos les sería imposible poseer.

Alcohol y “carrete”

Quizás si lográramos que nuestros hijos se comunicaran más, usaran menos la tecnología o que desarrollaran la sobremesa que mencionaba en los capítulos anteriores, llegarían con la habilidad de poder conversar y, por lo tanto, no requerirían de factores externos para desarrollar habilidades sociales. No necesitarían el alcohol.

Esto configura un tipo de carrete o de fiesta muy distorsionada, donde se baila solo, donde el baile en pareja está sólo condimentado por el primer beso o el inicio sexual; donde la música y el ruido dificultan notoriamente la capacidad para conversar. Donde el consumo de alcohol es clave y el tema de la comida o el compartir desaparece, y, por lo tanto, se abre el espacio también para que gente inescrupulosa pueda darles drogas a los adolescentes, sin que ellos se den cuenta. Por eso siempre señalo, en forma muy insis­tente, que no permitan que les abran una bebida a sus espaldas, que no se separen nunca de su vaso, que vayan hasta el baño con él, porque no sería nada raro que alguien en forma gratuita y aparentemente generosa les vaya a colocar droga con el fin de que se genere la dependencia y después evidentemente empezar a hacer el negocio.

El tema de los carretes es algo que debiera estar vigilado por los padres y ojalá se hiciera, sobre todo a esta edad, en la casa y no fuera de ella, o en colegios vigilados por adultos. Las reuniones sociales de los adolescentes deben estar supervisadas por adultos, para que estos últimos vayan tomando conciencia y conocimiento de lo que allí está ocurriendo y, al mis­mo tiempo, sirvan de freno para los conflictos que se presenten.

Según mis estudios, todos los problemas de alco­hol, de drogas, de desinhibición sexual o de violencia, dentro de estas actividades sociales adolescentes, se inician después de las 2:30 horas. Por lo tanto, quiero decir con esto que a esta hora parece razonable el hecho de colocar un límite en los horarios de permiso de estos jóvenes. Permitir un horario más tarde pue­de generar un montón de riesgos, que ningún padre bueno y sano y bien centrado valóricamente quisiera que sus hijos vivieran.

Este tema que si bien comienza con mayor efer­vescencia en Primero y Segundo Medio en el colegio, se termina de consolidar en Tercero y Cuarto. Se rela­ciona también con la falta de comunicación familiar posterior a estos eventos. Generalmente, los niños duermen mucho al otro día, tienen muy poca comu­nicación con sus padres y no se sientan a la mesa. Acá también hay que poner un freno.

Algunos consejos para padres

Los niños tienen que decidir un solo día del fin de semana para poder salir, no ambos. Y cuando hay vacaciones, no se debe salir todos los días, sino que un día a la semana, y uno o dos del fin de semana; de esa forma, ellos no relacionan las vacaciones con el desenfreno, el descontrol o con hacer lo que quieran. El descansar también tiene que tener un orden para que apunte a una mejor convivencia familiar. Los lími­tes en las vacaciones tienen que estar puestos desde el primer día y no a medida que vayan surgiendo los conflictos, porque ya en este punto va a ser muy difí­cil poder controlarlos.




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