La personalidad del enfermo reumático

La personalidad del enfermo reumático

Algunos enfermos están tan ansiosos o impacientes por ponerse bien que desean hacer más de lo que deben o pueden y comprometen o retrasan el ritmo de su recuperación. Los hay, en cambio, que se resisten a mejorar con cierto negativismo ante el tratamiento, por haberse adaptado a esta situación de dependencia y seguridad que no quieren perder, porque se sienten protegidos con los cuidados familiares que reciben o porque temen al riesgo del fracaso en su recuperación, siendo ellos los protagonistas.

Como la mayoría de las enfermedades reumáticas evolucionan por ondas con brotes de actividad inflamatoria y períodos de remisión, el enfermo debe saber desde el comienzo que «ni debe asustarse cuando se encuentre mal, ni debe confiarse cuando se encuentre bien», porque ambas actitudes son perjudiciales para su futuro. En todo caso aunque el médico conoce el curso natural de la enfermedad y el efecto del tratamiento a largo plazo, los objetivos señalados para cortos períodos de tiempo jalonan su evolución.

Hay que tratar de superar las dificultades que el propio enfermo pone cuando no presta la colaboración debida, animándole, razonándole, ayudándole, pero se puede llegar a una situación en la que pueden detectarse los signos propios de una depresión larvada u oculta que haya necesidad de tratar bien por el propio médico o por el especialista correspondiente. En todo caso los objetivos que se tratan de alcanzar se adaptarán a la capacidad física, mental y emocional del enfermo, sin que sean difíciles de lograr para que el enfermo no se sienta más decepcionado si no los alcanza.

Es frecuente que el enfermo reumático piense que la enfermedad aparece como castigo a su conducta y desarrolla complejos de culpabilidad. O también que crea que sus molestias reumáticas son debidas a los disgustos que le han producido las injusticias procedentes de los demás. Ocasionalmente se puede comprobar que estas suposiciones crean o bien un complejo de culpabilidad, en el que se considera a sí mismo como causante del mal, o una conducta hostil que tiende a rechazar al prójimo por el daño que le han producido.

Hay también manifestaciones reumáticas que se producen cuando el enfermo padece algún problema emocional, que lo mismo puede proceder del seno familiar, de su vida profesional, que del medio social. No es raro observar que el comienzo de un proceso reumático sigue al fallecimiento de un familiar o ser querido, a desequilibrios económicos recientes, o a frustraciones de determinados proyectos. Estos antecedentes se recogen con más frecuencia en los llamados reumatismos musculares, pero también en los articulares.

La predisposición a sufrir molestias reumáticas también se observa en algunos casos cuando así conviene a los intereses del enfermo, bien sea porque las circunstancias laborales sean adversas, porque contemple alguna posibilidad de justificar algunas ausencias en la escuela, taller y oficina, o porque así convenga a sus intereses de cualquier tipo. Bien entendido que estas motivaciones se desarrollan de forma inconsciente y no hay voluntad por parte del enfermo de engañar a nadie más que a sí mismo.

También hay enfermos que tienen motivos reales para sufrir dolores incluso intensos, pero la enfermedad que los produce no puede ser diagnosticada por el médico, que acaba por decir que todo es de origen nervioso, especialmente si el enfermo se queja de manera aparatosa y exagerada o presenta otros estigmas de ansiedad, depresión o histeria, que siendo la consecuencia de un sufrimiento intenso y pertinaz, se interpreta como la causa que produce los dolores.

Veamos algunos ejemplos

Margarita es una enferma de mediana edad, soltera, que padecía dolores en la pelvis y había consultado ya con muchos médicos: ginecólogos, especialistas de aparato digestivo, urólogos, reumatólogos, ortopedas, etc., que no encontraron la causa de las molestias y por ello opinaron que el dolor era de tipo nervioso o algo parecido. Cuando yo la vi, bastante deprimida por cierto, me refirió su experiencia con los médicos y su gran decepción, habló parcamente de sus molestias, se mostró hastiada en la exploración y aunque se le apreciaron alteraciones evidentes en el examen que se le hizo, no permitió que se le hicieran unas radiografías y afirmó con ostentación que era de los nervios. Meses después murió de un cáncer metastático.

El enfermo reumático que está incapacitado durante cierto tiempo puede caer en el pesimismo, presentar irritabilidad o desarrollar impaciencia cuando el dolor persiste. Puede mostrar pocos deseos de esforzarse para seguir el proceso a veces difícil de la rehabilitación y puede desarrollar un pesimismo que le sitúa al borde de la depresión, con lo que aumentarán sus dolores y disminuirán sus posibilidades de recuperación.

Como es absolutamente necesaria una actitud positiva, activa y colaboradora por parte del enfermo, para seguir un plan terapéutico, en el cual su participación es tan importante, es necesario que el médico explique bien al enfermo y a los que le han de cuidar cuál es la naturaleza del mal, cuáles son las expectativas que hay para lograrlo y cuáles son los medios que se deben utilizar, entre los cuales se incluye como factor importante y esencial, la participación del enfermo.

En este sentido hay también enfermos con una actitud extraordinariamente animosa, optimista y esperanzadora.

Probablemente se han percatado ya de las alteraciones irreparables que sufren, de su carácter progresivo y de las grandes pérdidas que han acumulado a lo largo de los años en sus facultades físicas. Antes de llegar a esta situación los enfermos ya han podido experimentar cambios en su personalidad de carácter depresivo o agresivo. Pero hay algunos que adquieren un optimismo que pretenden contagiar al médico y no importan los altibajos que sufren y las limitaciones en sus facultades físicas que acumulen, siempre tienen algo bueno que contar, algún rasgo optimista y gran esperanza en el futuro. Parece que intuyen lo mucho que necesitan a los demás y tratan de ser estimulantes.

Mary era una señora de unos treinta años que padecía artritis reumatoide en fase muy avanzada. Se había cuidado a medías porque quiso ocultar sus sufrimientos para no preocupar a su marido. Tomó muchos calmantes durante bastante tiempo sin visitar más que lo justo a su médico. La enfermedad progresó hasta producirle grandes deformidades en las manos, en las rodillas y en los pies. Cuando yo la vi había ingresado en el hospital para tratamiento y rehabilitación. Durante su estancia la visité a diario y no importa cómo se encontrara, siempre estaba mejor, siempre parecía haber observado signos evidentes de recuperación, todo lo que le hacíamos le producía un efecto muy beneficioso y no dejó jamás de manifestar esperanza en su recuperación «gracias a los cuidados que le estábamos procurando». Esto fue en Bufallo, Nueva York.




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