¿Qué sabemos sobre el reumatismo?

Es posible que usted padezca o haya padecido reumatismo o que alguien de su familia, algún amigo, conocido o vecino lo sufra y es posible que haya oído comentarios acerca del reuma y que tenga alguna idea de lo que esta palabra significa.

Con el único objeto de que pueda comprobar si sus conocimientos acerca del reumatismo están de acuerdo con lo que piensan los médicos, conviene que revisemos los hechos más fundamentales.

La palabra «reuma» la utilizaron los griegos para referirse a los dolores que afectaban a las articulaciones por poco tiempo, porque cambiaban de sitio y desaparecían de una articulación para aparecer en otra. Es lo que dice la gente «dolor que corre» y como no produce habitualmente alteraciones articulares permanentes se le atribuye erróneamente cierta benignidad.

Aunque esto parece claro puede haber malos entendidos, porque los médicos continuamos aceptando la palabra «reuma» o «reumatismo» como sinónimo o equivalente del dolor articular (lo mismo da decir tengo dolor en la rodilla, que tengo reuma en la rodilla.) Hasta aquí no se hace mal uso de la palabra reuma o reumatismo. Lo que sucede es que desde los griegos a nuestros días se han descubierto muchas cosas en medicina y unos se han enterado y otros no.

Con el transcurso del tiempo se fue comprobando que el dolor o reuma no siempre tenía estas características. Había enfermos con reuma en una sola articulación que terminaba en pocos días, en algunos duraba semanas, en otros se prolongaba durante meses o años. La articulación que producía el dolor estaba caliente, o permanecía normal.

Otros enfermos padecían el reuma no en una, sino en varias articulaciones de los miembros. También durante períodos de tiempo prolongados, comúnmente en ambos lados y algunas veces en forma simétrica, es decir,  las dos muñecas, o los dos codos, o las dos rodillas o los dos pies. Y había otros con reuma intenso en la columna vertebral que se quejaban de la espalda, mientras las articulaciones de los miembros no estaban alteradas o presentaban alguna dificultad leve.

Esto permitió comprobar que no todos los que padecían reuma o reumatismo enfermaban en las mismas circunstancias y padecían los mismos síntomas o molestias, porque eran diferentes y tenían una duración distinta. Con el tiempo, unos desarrollaban anormalidades graves, otros no y lo que se aplicaba a unos con beneficio era perjudicial para otros.

También había diferencias comparando lo que sucedía en niños, adultos o viejos y en hombres o mujeres.

Y así fue cómo el médico aprendió a conocer, distinguir y precisar diversas clases de reumatismo, tras comprobar que se trataba de procesos distintos, que constituían enfermedades diferentes, llegando a la conclusión que el reuma o reumatismo es «el dolor» que se siente en huesos, músculos o articulaciones y como es una «molestia» que percibe el enfermo se llama «síntoma». Todas las enfermedades que lo producen se llaman «reumáticas»

¿Por qué son enfermedades distintas? Unas son hereditarias y otras adquiridas; unas de causa infecciosa, otras no; unas son de corta duración, otras se prolongan más y otras durante toda la vida; unas se curan solas, otras producen la invalidez, otras la muerte; unas aparecen en niños, otras en adultos, otras en viejos y otras en todas las edades; unas atacan al corazón, otras al riñón, otras al ojo, otras al pulmón.

Con referencia a la enfermedad y a los síntomas también hay que subrayar algo más. La «enfermedad es la causa» que produce las molestias que sufre el enfermo. Estas «molestias son los síntomas». Para saber que un enfermo padece reumatismo basta escucharle, porque él se queja de «dolor». Pero averiguar qué forma de reumatismo padece es más entretenido, laborioso y difícil y sólo está al alcance del médico capacitado cuando procede según las normas apropiadas a su descubrimiento, empezando con una historia clínica detallada, un examen médico sistemático y unos medios complementarios oportunos.

Aprovechamos la ocasión para mencionar que «clasificar» es agrupar cosas distintas o unidades diferentes formando una «clase» que tiene algo en común. En la «clase médica» todos son médicos, aunque todos sean diferentes. En la «clase trabajadora» todos son trabajadores, aunque sean distintos. Las «enfermedades reumáticas» todas producen dolor, aunque sean diferentes.

Por la misma razón se llaman frutales a todos los árboles que producen frutos, aunque sean diferentes; cuadrúpedos a todos los animales que tienen cuatro patas, aunque sean distintos; peces a los animales que viven en el agua y tienen escamas, aunque no sean iguales; aves a los animales que vuelan y tienen plumas, aunque sean distintos entre sí.

No hay nada malo en que un enfermo diga que tiene reuma cuando tiene dolor articular, porque eso es lo que la palabra reuma quiere decir. Como es el nombre de un síntoma y el síntoma es lo que el enfermo nota cuando está malo, está muy bien empleada la palabra para expresar lo que se siente.

Síntomas del reumatismo

Al enfermo reumático le cuesta distinguir el síntoma de la enfermedad. Se queja de lo que le molesta y las molestias que sufren los enfermos se llaman «síntomas». Síntomas son el reuma o dolor, los mareos, la fiebre, los escalofríos, las palpitaciones, los vómitos, la tos, el estreñimiento, pero cada uno de «estos síntomas aparecen en varias enfermedades distintas», lo que quiere decir que los que sufren de un mismo síntoma no tienen necesariamente la misma enfermedad.

Pero así como la tos puede ser debida a diversas enfermedades tales como el catarro, bronquitis, pleuritis, pulmonía, tuberculosis, asma, tabaco o cáncer, el enfermo que acude al médico diciendo que tiene tos expresa lo que siente. Pero la «causa» de la tos ha de ser investigada por el médico para seleccionar el tratamiento correspondiente. Esto es lo que necesita también el enfermo reumático.

Y lo que no se debe olvidar es que cada uno de estos síntomas puede aparecer en multitud de enfermedades. Las madres lo tienen bien aprendido con referencia a la fiebre, porque saben que aparece en muchas enfermedades y hasta que el médico no les dice si es gripe, pulmonía, sarampión, difteria o meningitis, «no saben a qué atenerse»

Los enfermos reumáticos no han aprendido tanto como las jóvenes madres con referencia a la fiebre y creen que todas las enfermedades reumáticas son iguales, confundiendo el síntoma con la enfermedad y tomando el rábano por las hojas.

Cuando se usa la palabra reumatismo para referirse a los dolores propios o ajenos se está haciendo referencia a las «molestias» que produce no a las «causas» que lo originan; se están mencionando los «síntomas» que se sienten, pero no las «enfermedades» que se padecen. Establecer que los enfermos que padecen el mismo «síntoma» tienen la misma «enfermedad» es tomar la «parte» por el «todo», sacando consecuencias gratuitas que carecen de fundamento, como cuando se hacen silogismos, que es lo que sucede cuando se dice:

«Los árboles hacen sombra, yo hago sombra, luego yo soy un árbol. Los canarios comen, yo como, luego yo soy un canario. Los asnos miran, yo miro, luego yo soy un asno. El río corre, yo corro, luego yo soy un río». Lo que es razonar de una manera absurda, porque no produce más que equivocaciones. Aquéllos que tienen las mismas molestias pueden llegar a la conclusión de que tienen algo en común: «los síntomas», pero no que son iguales en su causa, en su naturaleza, en su evolución, en su gravedad, en su pronóstico y en su tratamiento.

Algunos casos clínicos

He aquí un grupo de enfermos que se sentían muy identificados porque decían padecer lo mismo, a saber, «reuma en la rodilla», y creyeron que tendrían una evolución parecida. Empezaron todos tomando la misma medicación (calmantes), com partieron todos el mismo fracaso y acabaron descubriendo que no todo lo que parece igual acaba siendo lo mismo.

  • Alfonso era un niño de ocho años que tenía dolor en la rodilla desde hacía varios meses. Presentaba también un poco de calor, hinchazón y cojera al andar, mientras tomó calmantes para tratarse el «reuma». Cuando fue al médico le descubrió en la exploración: fiebre, mandíbula retraída, cataratas en los ojos, ganglios aumentados y rigidez en otras articulaciones como muñecas, codos y tobillos.

El médico le diagnosticó «artritis crónica juvenil» y le costo casi un año volver a normalizar su vida, con el tratamiento adecuado.

  • Amelia era una niña de quince años que volvió de vacaciones con cansancio y dolor en la rodilla. El médico le encontró también fiebre, pulso rápido, piernas hinchadas, un soplo cardiaco y mucha inflamación en el análisis de sangre. Diagnóstico: «fiebre reumática», por lo que tuvo que tratarse un par de meses en cama para poderse curar y hacer una vida normal.
  • Doña Emilia era una señora de cuarenta y cinco años con un poco de sobrepeso y muy trabajadora. Ultimamente empezó a notar dolor en la rodilla, al subir y bajar escaleras, dificultades para incorporarse de la silla y más fatiga y dolores al estar de pie. Tomaba medicación de oído. Cuando fue al médico comprobó que ya no podía enderezar las rodillas, que las tenía siempre un poco dobladas. Estaban un poco calientes. Tenía las piernas hinchadas y cuando terminó su examen el médico diagnostica «artrosis». Mejoró cuando adelgazó, con gimnasia, en unos dos años.
  • Ernesto empezó a notar dolor en la rodilla a los veinticinco años y tenía treinta. Estuvo tomando calmantes unos meses recomendados por el médico y otros no. Pasaba temporadas bien, otras regular y otras mal. Cuando se decidió a tomárselo en serio el médico que le reconoció le encontró la rodilla caliente, hinchada y dolorosa a la movilización y a la presión con el dedo en un punto determinado. El enfermo refirió que a veces le fallaba la pierna al andar.

Con unas pruebas específicas se reveló la posibilidad de una «rotura de menisco» que se confirmó con una artrografía. Se curó al extirparle el menisco.

  • Don Leopoldo estaba tratándose el dolor de la rodilla con toda clase de remedios y medicinas y cada vez se encontraba peor. Tenía cincuenta años y el dolor en la rodilla no le permitía andar, pero tampoco podía estar de pie al poner la pierna mala junto a la buena. Cuando el médico le exploró descubrió que la rodilla funcionaba bien, pero la articulación de la ingle (cadera) apenas se podía mover un poco para levantar la rodilla, pero ya no podía separar la pierna, ni rodarla, ni dejarla bajar cuando estaba acostado con el muslo doblado.

Tenía «artrosis de cadera» y se curó con una operación y una cadera de plástico.

  • Enriqueta tenía dolor en la rodilla desde siempre. A sus veinticinco años apenas podía estar un rato de pie sin fatiga o dolor. Pero mejoraba sentada o en cama. Tomó calmantes hasta que tuvo una gastritis. Cuando se la curó visitó a un especialista que comprobó la causa de sus molestias. La enferma tenía los ligamentos y «las articulaciones laxas» flojos y no la podían mantener de pie, porque las rodillas se escapaban de la línea recta y se desviaban hacia atrás.

Esta desviación se corregía con unos cuatro centímetros más en los tacones. Y así fue como se curó.

  • Doña Magdalena estaba atormentada por el «desgaste» que sufrían sus rodillas, que a los treinta y cinco años ya no le dejaban andar sin grandes dolores. Estuvo tomando «todo lo que le dijeron» en los últimos años. sin notar alivio alguno. El médico que la reconoció le encontró las dos rodillas calientes, un poco hinchadas y con «ruidos» a la movilización. Algunas veces quedaban «atascadas». El examen complementario descubrió la enfermedad que padecía «osteocondromatosis» con formación de huesecillos sueltos en la rodilla del tamaño de garbanzos y guisantes.

Se puso bien con cirugía.

El dolor reumático sólo es un aviso que el enfermo recibe para ir a ver al médico. Sólo cuando el enfermo hace caso de este aviso se puede llegar a averiguar la causa que lo produce para poder seleccionar el tratamiento específico que cada caso requiere. Aceptar remedios sin averiguar antes qué es lo que hay que remediar es como tocar el violón con acompañamiento de la orquesta que forman los que no saben música y se atreven a tocar.




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