El adolescente de entre quince y dieciocho años

Esta etapa, que va entre los quince y los dieciocho años, es un período que debiera estar quizás matizado por menos efervescencia, menos cambios temperamentales, algún grado ya de estabilidad en el carácter de nuestros hijos y también en el modo en el que enfrentan los desafíos cotidianos, como la responsabilidad y el deber.

En esta etapa se sabe que los jóvenes están en una carrera para el ingreso universitario, profesional o técnico —la que decidan o en la que pueda quedar— y, por lo tanto, saben y tienen plena conciencia de que la “flojera” de los últimos años de la enseñanza básica tiene que acabar, porque las notas o el rendimiento académico importan para el ingreso universitario.

Los países latinoamericanos tienen cada uno su propio sistema para el ingreso a las universidades o a las carreras técnicas, pero claramente a esta edad, independientemente del país donde estén los adolescentes, ya tienen que empezar a buscar dentro de sí mismos esos fuegos internos, esas llamas que de alguna manera tienen que saber fomentar para la búsqueda de una formación profesional o laboral.

Éste es uno de los mayores desafíos que la adolescencia presenta. Recuerdo que cuando estudiaba psicología nos enseñaban que era una de las grandes metas de la adolescencia. Uno terminaba la adolescencia cuando ya tenía resuelto el tema vocacional, así que es una de las grandes tareas que, sin duda alguna, influyen en el futuro.

En relación con este tema es importante buscar estos grandes sueños; averiguar qué es lo que yo siento, quiero o puedo aportar a esta sociedad a lo largo de la vida. Dónde me veo sonreír durante ocho horas diarias y no estar con mala cara trabajando en cosas que no me gustan o que no me llenan el alma. Por eso, planteo la búsqueda de sueños y no de carreras.

Hay muchas maneras de cumplir nuestros sueños

Recuerdo con mucho cariño, hace algunos años, a una adolescente de 4° Medio de Iquique (ciudad nortina de Chile) que estaba muy deprimida porque no había quedado en la Escuela de Investigaciones Policiales por un tema médico. Ella muy triste me decía: “Siento que no hay nada más en la vida que yo quiera hacer que estudiar en la Escuela de Investigaciones Policiales”. Entonces le pregunté cuál era la razón por la que quería entrar a la Policía de Investigaciones.

Ella me respondió que en realidad era porque siempre su sueño había sido querer apoyar a los más débiles.

Frente a esta respuesta le mencioné que hay muchas carreras, más de veinte, que le permitirían cumplir ese sueño y no necesariamente debía ser la carrera de oficial de la Policía de Investigaciones. Hoy ella es una abogada que defiende las causas de abusos sexuales en menores y es muy conocida en Iquique. Trabaja para la Policía de Investigaciones y ha podido cumplir su sueño en plenitud.

Muchas veces la orientación vocacional se transforma en desorientación vocacional, porque tratamos sólo de encontrar aptitudes y habilidades que sumen o que compatibilicen con una carrera determinada. Generalmente, los grandes sueños que tenemos no tienen relación con las cosas que hacemos mejor. Por eso, el sueño que se tenga es el que va a dar la fuerza para poder desarrollar mejor las habilidades en las cuales soy medianamente torpe. Por lo tanto, la suma de habilidad, aptitud, igual carrera no es la fórmula adecuada.

Hay que buscar otras variables que vayan mucho más adentro del ser humano, que tengan que ver con una visión incluso espiritual. Por ejemplo, con preguntarnos para qué fui llamado a esta tierra o para qué Dios —o en quien yo crea— me puso acá; dónde están mis grandes talentos y cómo voy a esforzarme por desarrollarlos mejor, duplicados, triplicados y, por qué no, quintuplicados cuando me vaya de esta tierra y tenga que responder por mi capacidad para haber amado, dejado huella y haber sido feliz, las tres grandes metas que todos los seres humanos tenemos, o los tres grandes desafíos que tenemos al llegar a esta tierra.Por lo tanto, la orientación vocacional tiene y debe estar enfocada a la búsqueda de sueños y no de carreras. La carrera está al servicio de ese sueño y, por lo tanto, tengo muchas que pueden responder a ese gran desafío.

Tenemos que dejar de presionar a nuestros adolescentes.

Ya no existe —gracias a Dios— la angustia por las doce grandes carreras importantes, como era en mi generación. Creo que hoy día hay un matiz distinto, hay muchas ofertas y en diferentes ámbitos; la educación particular ha ayudado mucho a la diversidad y al entendimiento de que las carreras pueden partir de una forma y terminar de otra. Todas las reformulaciones en la estructura de las mallas curriculares sin duda alguna han sido un aporte. Hoy, un alumno de física puede tomar un ramo de psicología si es que le parece importante para su crecimiento personal. Así estamos logrando cada día adultos más integrados y más completos, desde el punto de vista afectivo y emocional.

Esto lleva al gran desafío de 3° y 4° Medio (aquí en Chile, es equivalente cuando los niños tienen entre diecisiete y dieciocho años y están prestos a salir de la Enseñanza Secundaria para entrar al mundo universitario, técnico o profesional). En esta etapa debiéramos disminuir la presión por la excelencia académica. Los adolescentes necesitan calma para buscar dentro de sí todas las luces; requieren estar tranquilos para esforzarse en el desarrollo de la fuerza de la voluntad, que es la única fuerza que los va a llevar donde ellos quieran para conseguir todos sus sueños.

Hay que bajar la presión de la PSU (prueba de ingreso a la universidad), porque muchas veces alteramos el rendimiento académico del año escolar que se vive. Los adolescentes pierden la concentración y la memoria; toda la presión está puesta en este gran desafío, que es cómo probarle al mundo que ellos son capaces, que son inteligentes. Es como si de pronto se jugaran la vida completa en una prueba de unas horas, la que solamente mide habilidades, entrenamiento y no necesariamente la historia curricular.
Ya fue dicho que la PSU no es un indicador predictivo ni de éxito universitario ni profesional y mucho menos es un factor predictivo con respecto al éxito laboral y a la felicidad familiar a través de la vida adulta. Simplemente es un dato que a larga nadie pregunta y que nosotros los adultos lo hemos transformado en una presión absurda.

Si a un hijo le fuera mal en la PSU y no lograra conseguir su sueño, tendrá que prepararse de nuevo, trabajar durante ese año, entrenarse en algún preuniversitario, si es que se puede pagar, y si no, hay muchas vías en Internet que lo están haciendo casi en forma gratuita. Sin embargo, como decía, también puede trabajar y tener algunos ingresos que le permitan valorar la vida en forma adulta, adquirir la madurez necesaria y empezar a encauzar su vida de una manera más certera. También puede hacer un año de servicio, como muchos colegios lo tienen; después de 4° Medio es una alternativa maravillosa también para madurar, para poder encontrar el camino, para poder saber qué es lo que quiero.




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