El diagnóstico precoz del reumatismo

Son muchos los enfermos que sufren durante largos años de dolores en huesos, músculos o articulaciones diciendo que padecen «reuma» o «reumatismo», que cambian de médico y de medicación con frecuencia, que hacen todo lo que les dice todo el mundo, pero que nunca fueron a un médico competente para que les hiciera un examen clínico conveniente y les comunicara el diagnóstico «comprobado» y proyectara el tratamiento correspondiente.

Afortunadamente son muchos los que padecen pequeñas molestias, como un poco de dolor y una ligera limitación de movimientos en una o dos articulaciones que desaparecen pronto con un poco de reposo. Otros están enfermos durante poco tiempo con dolores más intensos en las articulaciones inflamadas, pero se recuperan pronto de la enfermedad sin presentar luego ninguna dificultad en las articulaciones que tanto sufrieron.

Algunos presentan, en cambio, cuando la inflamación desaparece, alguna articulación que permanece alterada con dolor y limitación de movimientos, cuando se mueve, que reducen poco o mucho las facultades del enfermo, aunque por lo demás, pueden continuar viviendo y trabajando sin gran dificultad. Otros padecen dolor y rigidez articular que aumenta progresivamente durante muchos años y puede llegar a experimentar grandes pérdidas en la libertad de los movimientos articulares a medida que pasa el tiempo. Unos pocos sufren en los primeros años de la vida artritis graves e invalidantes que pueden llegar a convertirles en verdaderos paralíticos. Todo esto puede suceder si no se hace lo debido.

Como quiera que el reumatismo puede producir la invalidez, los enfermos que padecen formas leves, que desaparecen espontáneamente sin producir ningún daño, tienen el temor de llegar a quedar paralíticos. También ocurre que la existencia de enfermedades benignas que se curan solas haga pensar a todos los enfermos de reumatismo, o al menos a los que padecen formas graves, que el reumatismo pasa solo y que no hay necesidad de preocuparse mucho por ello, mientras los calmantes ayuden a combatir el dolor. Estas dos actitudes son equivocadas.

Hay muchos hechos que revelan las grandes posibilidades que tiene la reumatología moderna para ofrecer una gran esperanza a los enfermos reumáticos. Un diagnóstico precoz hecho por un médico capacitado después de una exploración cabal, bastará para tranquilizar a los que presenten enfermedades reumáticas de curso limitado y tratamiento fácil y también para iniciar pronto la terapéutica de las formas más graves, con las mejores perspectivas de conseguir una remisión prolongada sin daño articular permanente.

Por ello cualquier enfermo que padezca dolor o tumefacción en los dedos de las manos o de los pies, o en cualquier otra articulación, debe consultar inmediatamente con el médico.

La situación siempre empeora cuando el enfermo es tan temeroso que no desea saber lo que le pasa, temiendo lo peor, porque entonces añade el miedo a lo desconocido sin hacer nada por evitarlo. O bien es tan negligente que no se quiere o dice que no se puede preocupar por buscar atención médica, ignorando que el tratamiento más eficaz empieza con una atención precoz. Consultar con el médico es la mejor medida para evitar complicaciones.

 ¿A quién debe acudir el enfermo reumático cuando note las primeras molestias?

La contestación lógica sería decirle qué a su médico de cabecera. Pero no hay que llegar aquí para descubrir que el médico de cabecera casi ha desaparecido en la geografía mundial y ha sido sustituido por el médico del seguro, que siendo el mismo profesional, carece de tiempo, medios, alicientes, formación y espíritu necesarios para cubrir esta misión y sólo parece programado en muchos casos para tratar de aliviar al enfermo y cuando el caso lo requiera mandarlo al especialista.

Con esto se consigue que los enfermos de reumatismo estén consumiendo medicación durante mucho tiempo sin una perspectiva seria de tratamiento médico, porque aquello, con la mejor intención, se puede admitir como tratamiento sintomático que es el que se emplea para mejorar las molestias que el enfermo sufre sin preocuparse de las causas o de la enfermedad que lo produce. También así se pierden las grandes oportunidades de estudiar el caso en una fase temprana de su evolución. Con lo que las posibilidades de diagnóstico no se utilizan y el tratamiento sin diagnóstico es una aventura peligrosa.

El enfermo debe ir a su médico y afortunadamente hay muchos médicos sensatos que conocen sus lumitaciones, dada la escasez de medios que tiene para resolverlas con dignidad. El le dirá a dónde tiene que ir para que le vea el especialista. No obstante hay que reclamar de la superioridad que libere al médico de tantas trabas como le ha puesto, para que pueda ejercer dignamente su profesión y pueda ayudar al enfermo con todas las posibilidades a su alcance, que el médico de cabecera conoce perfectamente cuándo debe mandar al enfermo a un especialista, sí se le dan medios para trabajar y especialistas a quienes recurrir.

En todo caso la consulta con un especialista es conveniente hacerla pronto. Con el tiempo y los medios de que dispone el médico de cabecera se arriesga a tratar enfermedades que no tiene el enfermo, con demasiada frecuencia, como sucede con la fiebre reumática, o a no tratar enfermedades potencialmente graves o menos frecuentes con demasiado optimismo Es muy conveniente que un especialista competente estudie el caso y le ponga una etiqueta diagnóstica y un programa terapéutico que podrá llevar a efecto el médico de cabecera si lo desea y tiene tiempo para ello, porque ampliar los conocimientos también es posible.

Para el diagnóstico precoz de una enfermedad reumática es necesario que el especialista actúe como tal. Una historia clínica completa hecha sin prisas, un examen general hecho con método y unos medios complementarios seleccionados con sabiduría, permiten hacer el diagnóstico de los procesos reumáticos la mayoría de las veces. Aquí el médico puede requerir análisis, radiografías o cualquiera de los métodos especiales modernos capaces de confirmar el diagnóstico, pero sólo entonces se pueden conocer las perspectivas de tratamiento, evolución, complicaciones, etc., que pueda tener el enfermo.

Las posibilidades diagnósticas no terminan cuando el médico descubre cuál es la enfermedad que el enfermo sufre. Es conveniente saber lo avanzada que está, si ha producido lesiones o complicaciones irreparables y si el enfermo presenta alguna otra enfermedad asociada, como pueda ser la diabetes, la hipertensión, etc., porque entonces hay que tenerlo presente para seleccionar propiamente la medicación oportuna. Bien conocida es la úlcera de estómago como enfermedad incompatible con la administración de ciertos medicamentos antirreumáticos.

El diagnóstico continúa durante todo el seguimiento de la enfermedad en los reconocimientos periódicos que se hacen, cada cierto tiempo, según sea el proceso que se trate. Debe comprobarse el grado de actividad de la enfermedad o el grado de remisión que se ha logrado y la presencia de otras alteraciones que por ley natural afectan al género humano con el tiempo. Porque el padecimiento de una enfermedad reumática no impide que con los años pueda comprobarse «además» que el enfermo tiene arteriosclerosis, o diabetes, o cáncer cuando se practican los exámenes oportunos en las visitas periódicas.

Diagnosticar es conocer
, es distinguir y es también una de las actividades más interesantes del profesional médico. Es saber cuál es la causa (enfermedad) de los síntomas (efectos) que padece el enfermo. Pero también es algo más. Todas las enfermedades se desarrollan al principio de una manera silente o muda, es decir, sin producir síntomas. Esto hace años que lo descubrieron las compañías de seguros de vida, cuando practicaban reconocimientos a personas «sanas» que querían concertar un seguro de vida. El médico puede diagnosticarlas entonces con una revisión rutinaria sí tiene la oportunidad de practicarla.




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