La búsqueda de la identidad entre los once y trece años

Entre los once y los trece años, es una edad aparentemente reposada y digo aparentemente, porque es una edad en la cual los cambios físicos si bien se siguen produciendo, son de mucha menor intensidad, y si tienen la misma fuerza, ya son conocidos por los adolescentes; por lo tanto, los aprenden a manejar. Aprenden a controlar el tema de la menstruación y a manejar los cambios de voz. Generalmente, algunos niños a esta edad ya tienen una voz bastante más firme, que no es la definitiva, pero sí es mucho más estable.

Las niñitas ya empezaron a aceptar con dificultad otros cambios corporales: el desarrollo del busto, por ejemplo. Pueden incluso jugar un poco con pequeñas conductas que hoy día se incentivan a mi juicio en forma exagerada, como empezar a buscar comportamientos medio eróticos en relación con eso. Aparecen las primeras fotos en Facebook, mostrando ya figuras de niñitas bastante más grandes.

Hay un cambio morfológico que no es menor en las generaciones nuevas de niños. Éstos se ven más grandes que la edad que tienen, ya sea por tamaño, por estructura, incluso también por características sexuales secundarias. Las niñas tienen busto mucho antes y en cantidades mayores que las generaciones antiguas. Esto, en contraste con su estructura mental de niñas todavía, y eso es lo peligroso, con su alma de niña pequeña, temerosa, insegura, no conocedora del mundo ni de los riesgos de la vida, pero esto les permite en un cuerpo de grande o de casi grande jugar con la ambivalencia. Entonces, a ratos, son niños muy chiquitos, muy regalones, muy pegados a su casa, y otras veces quieren ser grandes, independientes y exhibir su crecimiento. Y esa ambigüedad es la que caracteriza a esta etapa entre los once y trece años, tanto a hombres como a mujeres.

La identidad personal

En este período también empieza a aparecer con mucha mayor fuerza la búsqueda de una identidad personal, la respuesta del quién soy yo, después de toda esta cantidad de movimientos que han podido experimentar desde los nueve años. Es una pregunta que ellos se hacen y que muy pocos papás son capaces de acoger. En general, los padres viven esta etapa como una carga, porque tienen que empezar a trasladar a los niños a cumpleaños, con todo el problema de los horarios que esto implica: ¿hasta qué hora puede ir mi hijo a un cumpleaños? También se hacen la siguiente pregunta: ¿puede ir a una fiesta una niñita de trece años? Claramente la respuesta es no, no puede. Lo que sí tiene que hacer, y es la misión de esta edad, es establecer vínculos afectivos sanos con amigos y con amigas. No podría tener pareja a esa edad, no debiera. No debiera ir a fiestas nocturnas; sí debiera juntarse en casa de amigas, vigiladas por padres presentes. Debiera participar todavía de actividades, de cumpleaños, de películas que tengan que ver con temas de niños, no con temas ya de adolescentes, para no hacerlos crecer demasiado rápido.

Esto se contrapone con la pertenencia o el querer pertenecer a determinados grupos. Ahora, yo no me puedo dejar de preguntar por qué es tan fuerte hoy día este tema, porque si bien todos cuando fuimos adolescentes quisimos pertenecer a un cierto grupo, era mucho menor la efervescencia, la caracterización, y se notaban menos nuestros gustos a determinadas cosas. De hecho, recuerdo que con mis amigas nos vestíamos más o menos parecidas, pero no seguíamos a ningún modelo. Nos podía gustar algún cantante (por ejemplo, yo era fanática del cantautor Fernando Ubiergo, me sabía todas las letras de sus canciones y las cantaba), pero eso no involucraba necesariamente mi mundo privado.

Hoy día, esos gustos sí se meten en el mundo privado: en mi vestuario, en la forma en que me comporto, hasta en cómo hablo y qué valores tiene asociado mi grupo. Entonces empieza uno a preguntarse por qué es tan fuerte esta formación de sectores grupales dentro de los cursos donde cada uno es distintoal otro grupo. Creo que tiene que ver —y así me lo han hecho sentir los mismos adolescentes— con la falta de arraigo que tienen en sus casas.

Buscar la identidad fuera del hogar

En la medida en que en las casas no hay una identidad propia, no se invitan a amigos de distintas ondas y grupos a tomar té o a ver televisión o a juntarse a hacer una tarea, los padres empiezan a perder el control sobre sus hijos y ellos van a hacer sus trabajos a otras casas, y comienzan a formar parte de grupos que los papás desconocen; ya no son los compañeros del colegio, sino que personas con las que probablemente chatearon o se encontraron en una plaza. Ahí es donde como mamá tengo que preguntarme qué pasa con mi casa, por qué hay algo ahí que hace que ellos busquen esta identidad fuera y no dentro del hogar.




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