La formación de parejas en las nuevas generaciones

Creo que la vida hay que vivirla en las etapas que corresponde hacerlo. Cuando una relación está empezando tiene un ciclo: de un conocerse se pasa a un pololeo, y no a “un andar”, a un “amigo con ventaja” o a un “amigo con cover”, que a la larga claramente no deja nada en el alma. Después de ese pololeo, hay una etapa que se puede formalizar como noviazgo o no necesariamente, pero se siente que se avanza, que hay un paso. Y en eso hay un timing para cada una de las relaciones, donde si uno siente que si pasa ese timing, la relación termina por deteriorarse, por desgastarse o por cansarse uno de los dos en la espera de que el otro tome o no las decisiones que tiene que escoger. Después de eso, está la consolidación de una convivencia o, en mis códigos valóricos, de un matrimonio, donde se trata de formalizar esto en beneficio ojalá de la llegada de los hijos.

Esa estructura social de vivir con otro, de compartir la vida de a dos, de formar un nosotros, es hasta el momento la mejor fórmula que se ha inventado para poder ser feliz en la vida. Nadie es feliz solo, aunque pueda estar cómodo —que no es lo mismo—, aunque pueda estar contento y sin vivir riesgos, aunque incluso lo envidien los casados, porque puede viajar a dondequiera, porque no tiene que pedirle “permiso” a nadie. La persona que está sola no es feliz, a pesar de que no enfrente ninguno de los costos que viven sus amigos con hijos o con parejas con conflictos.

El problema es que vivimos en una sociedad donde todo lo que se sabe es lo malo, porque lo bueno pareciera que ocurre en silencio, de esta forma nos vamos quedando con un nivel de información que es peligroso, porque es solamente negativo. Eso provoca que esta generación, entre los veinticuatro y los treinta años, tenga mucho temor a comprometerse en la vida, porque todo lo que escucha y todo lo que ve son sólo desastres. Por lo tanto, el tema de poder arriesgarse está corriendo cada vez más riesgo.

Ahora, yo creo que hay personas que pueden optar por una vida de soltería, pero pienso que es una opción que se toma después de un dolor, de un período difícil, donde yo me acostumbré a estar solo y que me genera, después de un tiempo, incomodidad compartir la vida con otro, porque ya tengo mi clóset lleno, por ejemplo, y sería, por lo tanto, un lío que llegara otra persona a modificar mi sistema de vida.

demás, voy volviéndome vieja y, por consiguiente, voy teniendo mañas o hábitos que a la larga hacen que sea difícil estar en pareja. Pero no creo que una persona en plena facultad de su felicidad, sin haber sido dañada, sin haberse acomodado a este estado de soledad, elija por sí sola la opción de quedarse sola. Creo que eso siempre va a ser fruto de una experiencia de dolor que esa persona experimentó o que vio vivir en otros muy cercanos y que la marcaron de por vida. Pienso que la convivencia, el estar con otros, el poder generar una vida que deje huellas, que no sea seca, es algo que todos los seres humanos necesitamos.

Venimos a esta tierra a tres cosas: a aprender a amar, a dejar huella y a ser felices.

Evidentemente que eso uno lo puede realizar solo y hay mucha gente que lo hace, como los que tienen vida religiosa, pero ellos no están solos, ellos se casaron con Dios. Hay gente viuda que nunca vuelve a rehacer su vida por opción personal, porque tiene la aspiración y el sueño de reencontrarse con su amor cuando pueda partir. Hay personas que se quedan solas porque el otro se fue de viaje y se distanciaron y después eso generó el hábito y la costumbre de no querer compartir la vida con nadie más, producto de la frustración de no haber podido consolidar un proyecto. Sin embargo, vuelvo a repetir, creo que la fórmula perfecta para poder cumplir estas tres grandes metas o desafíos que vinimos a hacer a esta tierra es con otro al lado, sin lugar a dudas.

Creo también que esta generación entre los veinticuatro y los treinta años tiene la responsabilidad social de empezar a vivir. De ellos dependen las tasas de natalidad de este país. Tienen la obligación de empezar a mostrar una alternativa de proyecto de vida adulto, civilizado, entregado, alegre, generoso también, que aporte de verdad a la sociedad y que no esté centrado en él mismo.

A mí me ha llamado la atención en algunos grupos de trabajo de las generaciones entre veinticuatro y treinta años que castigan, ridiculizan o retan a parejas que se quieren casar jóvenes, a parejas que desean tener hijos pronto, a mujeres que piensan ser madres. Las hacen sentir ridículas, anticuadas, y les dicen: “¿Para qué se van a arriesgar?, ¿cuál es la idea de vivir una situación así si están tan cómodas?”. El tema de la comodidad, de la no frustración, de que vivir feliz es estar siempre contento, de que la vida tiene que ser entretenida y, por lo tanto, cualquier cosa que atente contra ese entretenimiento hay que cortarlo tiene que ser resuelto.

Me ha tocado ver en grupos de mujeres y de hombres que cuando alguno de ellos cuenta que tiene alguna dificultad con una pareja que ama, todo el grupo le dice que termine la relación, que para qué seguir en eso. Estar en pareja es para pasarlo bien; si no, es mejor terminar. Entonces, yo me pregunto: cuándo esas personas van a ser capaces de establecer relaciones a largo plazo, cuándo van a aprender a perdonar para construir una relación que dure toda la vida, cuándo van a decidir estar con otro, a pesar del que el otro ocasionalmente pueda provocarles algún dolor. Ellos también son generadores de dolor en algún momento. Nadie puede pasar por la vida sin producirle daño a otro. Y, sin embargo, sí se pueden construir vínculos para toda la vida y un amor permanente.




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