La importancia de un tratamiento adecuado para el reumatismo

El enfermo reumático no debe confiar sólo en su suerte porque así no procede en otras actividades de su vida que son menos importantes que su salud. Tan desastroso puede ser no buscar atención médica competente por creer, sin ninguna razón, que el «reumatismo es una enfermedad que no tiene cura», como esperar que aquellas molestias pasen sólo con el tiempo o con algún remedio recomendado por gente ignorante.

Tampoco es un buen recurso creer que un enfermo está recibiendo el tratamiento adecuado cuando ha visitado a su médico y éste se ha limitado a recetarle un calmante sin percatarse de las grandes dificultades que tiene el diagnóstico correcto de un enfermo de reumatismo y sin haber puesto los medios necesarios para lograrlo.

El tratamiento médico de cualquier enfermedad reumática empieza por el diagnóstico y para ello se requiere que el enfermo consulte con el médico, que éste sea un buen profesional, capacitado en esta especialidad, que procedan conjuntamente haciendo una buena historia clínica del proceso, sin omitir ninguna clase de alteración sufrida a lo largo de la vida, incluyendo los antecedentes familiares y las alteraciones sufridas en cualquier órgano o sistema.

Aquí ya es posible «sospechar» la enfermedad que padece el enfermo. Entonces se debe proceder a una exploración completa, para confirmar la sospecha diagnóstica, comprobar si hay otras alteraciones asociadas y conocer lo avanzado que está el proceso. Los medios auxiliares, tales como radiografías, análisis, etc., permiten confirmar con certeza el diagnóstico y entonces ya se conoce lo que hay que tratar específicamente sin tener que utilizar sólo calmantes.

Cualquier programa de tratamiento de cualquier enfermedad reumática incluye los objetivos siguientes:

  • Aliviar el dolor.
  • Reducir la inflamación.
  • Prevenir las lesiones articulares.
  • Evitar las deformidades.
  • Mejorar la capacidad funcional.
  • Tratar los procesos asociados.
  • Eliminar los malos hábitos.
  • Explicar al enfermo lo que tiene.
  • Conseguir su colaboración.
  • Informar a su médico por escrito.

De acuerdo con lo recomendado por la Fundación Americana de Reumatismo, que fomenta, entre otras cosas, la creación de normas de aplicación universal, el enfermo debe saber desde el principio cuál es la enfermedad reumática que padece y si su médico no se lo puede decir, debe pedirle que le mande a un especialista competente que lo pueda hacer. Este puede ser un problema para toda la vida y cuanto más pronto se le ponga remedio se obtienen mejores resultados.

Esto no se hace muchas veces por circunstancias diversas. Puede ser debido a un optimismo injustificado, o al régimen interior vigente en cualquier organización dedicada a la prestación de asistencia médica. Cualquier médico de cabecera puede proceder así, con la mejor intención de evitar desplazamientos, gastos, molestias, pero el hecho concreto es que algunas enfermedades reumáticas producen daño irreparable en muy poco tiempo y es necesario saber el «nombre» de la enfermedad reumática que uno padece.

Porque si es una forma de reumatismo leve, breve y benigno, desaparecerá solo o no necesitará más que medidas elementales básicas. Si es más importante, puede que los dolores se extiendan a otras articulaciones, que aumente su duración o intensidad y que le produzcan además alguna pérdida de facultades. Si se limita a calmar el dolor sin combatir las causas que lo producen, está actuando con una negligencia peligrosa para su propia salud y para su propio futuro.

Cada enfermedad reumática tiene su propio tratamiento y cuando se administran a un enfermo que sufre artritis reumatoide los medicamentos que curan a la fiebre reumática, no se obtiene mejoría alguna, las lesiones se extienden, la capacidad funcional disminuye y se llega más pronto a la invalidez total y permanente. Lo mismo sucede cuando se procede al revés.

Y la clase de medicamentos empleados y recomendados por eficaces, en cada una de las diferentes enfermedades reumáticas, suelen tener lo que se llama «riesgo terapéutico», que no es nada más que la posibilidad de que produzcan alguna intolerancia y, por ello, deben ser manejadas sólo por médicos que conozcan al enfermo, a la enfermedad que padece y a los medicamentos que receta.

Esto no debe producirle ninguna clase de temor. La misma aspirina, que es probablemente el medicamento más utilizado, ha producido alergias, ha producido hemorragias y ha producido hasta gota. Pero esto sucede en enfermos a menudo predispuestos, que una buena historia clínica puede descubrir o un examen médico puede eliminar. Entonces hay pocas probabilidades de que esto ocurra.

Por tanto es interesante que recuerde el nombre de las medicinas que ha tomado, especialmente de aquellas que le hayan producido algún tipo de intolerancias, para comunicárselo al médico que le trate. Así, podrá evitar que el médico le recete nada parecido o que tenga la misma composición y contribuirá a evitar estos accidentes previsibles.

El médico probablemente le dirá, cuando le prescriba el tratamiento, qué tipo de molestias puede notar si tiene alguna intolerancia, con objeto de que se lo comunique, aunque sea por teléfono, que suspenda su administración si hay alguna duda de su posible relación y poderle recomendar algún otro que tenga los mismos efectos y una composición química diferente, para que no le produzcan estas intolerancias.

También puede suceder que el médico le informe, según cual sea el medicamento recomendado, cuáles pueden ser las primeras manifestaciones de que esto pueda ocurrir. A los enfermos de artritis reumatoide que se tratan con inyecciones de oro, el médico les suele decir que si notan algún picor en la piel, molestias en las encías o boca o albúmina en la orina, que interrumpan su administración para evitar más molestias.

Probablemente le dirá que le hagan unos análisis de sangre periódicamente, para comprobar su buena tolerancia y los efectos beneficiosos que produce, antes de que le produzcan alguna otra alteración. Es necesario hacerse estas revisiones con puntualidad para detectar las intolerancias cuando apenas dan manifestaciones o molestias en vez de evitarlas, porque uno se encuentre bien y creer que no son necesarias.

En todo caso, estas previsiones se hacen de manera rutinaria en todos los enfermos, porque el médico puede saber que una intolerancia aparece en un caso de cada mil o de cada millón, pero no puede anticipar en qué enfermo se va a presentar, y esto es lo que trata de comprobar en las revisiones periódicas, en los análisis sucesivos, además de comprobar que le están haciendo efecto.

El tratamiento del enfermo reumático es algo más que combatir el dolor. Hay que acabar también con las causas que lo produce. Hay que enfriar las manifestaciones de la inflamación. Hay que evitar que las superficies articulares pierdan su movilidad. Hay que impedir que se desarrollen las deformidades invalidantes. Y hay que tratar de lograrlo pronto, con las medidas más eficaces, seguras y toleradas por el resto del organismo.




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