La libertad de los jóvenes de hoy

Otro concepto asociado a esta edad es el de la libertad, que claramente está muy mal entendido por las generaciones jóvenes. Nosotros como papás he­mos transmitido que la libertad o ser libres es hacer todo lo que uno quiere. La persona que de verdad es libre es aquella que hace primero lo que debe, y después lo que quiere, porque ahí realmente se es libre para poder disfrutar. Por eso, siempre digo que las tareas del colegio se hacen los viernes en la tarde y no los domingos en la noche, porque si no el fin de se­mana nadie estará libre para hacer lo que desea, pues todos estarán preocupados de las cosas pendientes que tienen, y, por lo tanto, nadie podrá disfrutar de la libertad del sábado y del domingo porque no se hicie­ron las cosas cuando tenían que realizarse.

El otro concepto importante asociado a la liber­tad es que como padres no estamos enseñando el concepto de la fuerza de voluntad en nuestros hijos y en los colegios tampoco lo hacen. El tema de la per­severancia, de la satisfacción del deber cumplido, de acostarse en la noche cansado —porque acostarse en la noche cansado es un privilegio—, significa que yo entregué hoy todo lo que tenía para dar; por lo tanto, puedo decir que el día valió la pena.

Nosotros como adultos les estamos mostrando a los adolescentes un mundo donde la responsabilidad es algo de lo cual hay que arrancar, porque nos gene­ra un gran agotamiento. Nos despertamos diciendo que estamos cansados, haciéndoles sentirles a nues­tros hijos que trabajamos para que ellos tengan lo que necesitan y no les mostramos que disfrutamos de lo que hacemos. Por lo tanto, cada vez es más frecuente que los hijos no estudien las carreras de sus padres, porque no los ven felices en lo que hacen.

Por eso es que nuestros hijos no quieren crecer, porque el testimonio que nosotros les estamos mos­trando de la vida como adultos es de poca felicidad, de poca alegría, de poca capacidad de goce con lo que hacemos, y, por el contrario, les mostramos que gozamos cuando escapamos de esa responsabilidad, cuando hay un fin de semana largo o cuando deci­mos «gracias a Dios que es viernes». Todo eso los niños lo perciben, y por eso tenemos una generación que ya no estudia para la mejor nota. Una genera­ción que tiene cero tolerancia a la frustración y unos padres a los que les cuesta desarrollar virtudes en sus hijos, sobre todo en esta época que requiere educar en virtudes, aunque hay que hacerlo desde que son más pequeños.

Las virtudes que un adolescente debiera desarro­llar son la tolerancia, la valoración por el otro y sus diferencias, la paciencia, la templanza o la calma para poder tomar decisiones, el respeto y la compasión, pero en el sentido budista de la palabra, que tiene que ver con el amar al otro como un ser distinto a mí, y empezar a hacer una integración entre la excelencia académica (que es lo que todos los padres parecié­ramos buscar vertiginosamente) y la excelencia del alma, es decir, si no tiene una consistencia de virtudes y de valores internos, ese buen rendimiento en el co­legio no le va a servir de nada para la vida.

Por lo tanto, esas consecuencias yo tengo que ser capaz de asumirlas. Si yo no cancelo mi cuota en una multi-tienda el día que la tenía que pagar, me van a cobrar intereses, aunque tenga las razones más importantes del mundo para haberme olvidado.

Los niños deben aprender desde pequeños que todo acto tiene consecuencias y, por lo tanto, si a mí se me olvidó llevar la cartulina amarilla a clases, mi mamá no me la tiene que traer al colegio. A mí me tienen que poner la nota que me merezco por haber­me olvidado de esa cartulina, porque era mi respon­sabilidad.

Y eso genera la sensación de que todo acto tiene consecuencias, y, por lo tanto, tengo que ser capaz de pedir perdón, de revertir el error y de reaprender o de reparar lo que he hecho mal, concepto que esta generación, sobre todo a los quince años, no tiene, porque no repara nada. Todo lo desecha. No repara los calcetines, como yo lo hacía con la ayuda de una ampolleta para poder zurcirlos. No reparan las aspi­radoras, porque al final sale más barato comprarse una nueva que mandarla a arreglar. No tienen el con­cepto de reparación en su vida, porque ellos no arre­glan nada. Por lo tanto, internamente el concepto del perdón, que es la reparación por excelencia, no está incorporado. Entonces, el tema es desechar, es cortar la relación y empezar con otra, porque para qué voy a pedir perdón.

Hoy más que nunca los profesionales más valo­rados no son los que saben más —porque todos pode­mos saber lo mismo—; los más valorados son los que además de ser buenos profesionales, son buenas per­sonas. Y eso tiene que ver con la educación que se entregó en la casa, lo que se fomenta en la adolescen­cia. Este aprendizaje en la fuerza de voluntad ayuda claramente a la consistencia con los sueños.

Le comentaba a un grupo en un colegio: «Cada vez que ustedes se sacan una mala nota porque no estudiaron, porque les dio lata hacerlo, porque flo­jearon, porque prefirieron ver televisión, etcétera, lo único que están haciendo es alejar el logro de su pro­pio sueño. Si se sacan una buena nota, el sueño se acerca y se hace realidad. Si se sacan una mala nota, se alejan de ese sueño. Por lo tanto, si eso ustedes lo acumulan en el trimestre o en el semestre, ese año los acercó a los sueños que tienen para la vida o los alejó, dependiendo de su voluntad, libre y soberana».

Siempre se dice que la nota buena me la saqué y la nota mala me la pusieron, porque somos expertos en afirmar que no somos responsables de las cosas malas que nos ocurren. Yo soy protagonista de cuánto he trabajado por lograr mis sueños. ¡Eso significa una mala nota! No es el castigo que me va a dar mi papá o que no voy a poder ir a una fiesta, sino que es entender que todo acto tiene consecuencias; porlo tanto, esas consecuencias yo tengo que ser capaz de asumirlas. Si yo no cancelo mi cuota en una multi-tienda el día que la tenía que pagar, me van a cobrar intereses, aunque tenga las razones más importantes del mundo para haberme olvidado.

Los niños deben aprender desde pequeños que todo acto tiene consecuencias y, por lo tanto, si a mí se me olvidó llevar la cartulina amarilla a clases, mi mamá no me la tiene que traer al colegio. A mí me tienen que poner la nota que me merezco por haberme olvidado de esa cartulina, porque era mi responsabilidad.
Y eso genera la sensación de que todo acto tiene consecuencias, y, por lo tanto, tengo que ser capaz de pedir perdón, de revertir el error y de reaprender o de reparar lo que he hecho mal, concepto que esta generación, sobre todo a los quince años, no tiene, porque no repara nada. Todo lo desecha. No repara los calcetines, como yo lo hacía con la ayuda de una ampolleta para poder zurcirlos. No reparan las aspiradoras, porque al final sale más barato comprarse una nueva que mandarla a arreglar. No tienen el concepto de reparación en su vida, porque ellos no arreglan nada. Por lo tanto, internamente el concepto del perdón, que es la reparación por excelencia, no está incorporado. Entonces, el tema es desechar, es cortar la relación y empezar con otra, porque para qué voy a pedir perdón.




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