Las prisas son uno de los peores enemigos de la alimentación sana

Además de reducir la sensación de placer e impedir una masticación correcta, las comidas apresuradas suelen ir acompañadas de un estado de tensión que provoca que se liberen adrenalina y cortisol. Segregando estas sustancias, nuestro cuerpo se prepara para una respuesta efectiva a una situación de peligro, pues estas hormonas tienen la función de liberar reservas de azúcar a fin de obtener energía instantánea para luchar o huir.

Así, si en lugar de luchar o gastar energía en una larga huida, permanecemos sentados, esa liberación de azúcares acabará convertida en grasa. Por el contrario, si enviamos al cuerpo el mensaje de que no hay prisa, nuestro sistema digestivo podrá realizar su trabajo de forma adecuada y absorber las vitaminas y los minerales esenciales de la comida. Al comer deprisa, además, no damos tiempo al estómago para que envíe sal cerebro la sensación de estar lleno y entonces seguimos comiendo sin parar.

Cuando se empieza a comer se requieren veinte minutos para que cal cerebro registre que se está saciado, de tal modo que cuando el cuerpo reaccione dando señales de saciedad, ya será demasiado tarde. Por otro lado, comer lentamente, disfrutando de cada bocado, es una acción necesaria para ir despertando de forma natural nuestros jugos gástricos, le serán los que ayuden a asimilar las propiedades de los alimentos.




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