Los cambios en los niños previos a la adolescencia

La primera etapa que vamos a empezar a describir es la que se inicia a los nueve años aproximadamente. Hoy día, todos los especialistas más o menos concuerdan que comienza en lo que se llama la pubertad o inicio de los cambios corporales, sobre todo los caracteres sexuales secundarios dentro de los adolescentes, los que tienen que ver con el aparecimiento de vellos, de mamas en la mujer, con el cambio de voz en los hombres, etcétera.

Todos estos cambios de formación corporal hacen que a estos niños se les produzca una sensación de extrañeza con respecto a su cuerpo.

Los pies les molestan, no los logran acomodar, generalmente los tienen que mantener estirados, porque doblados les genera la incomodidad de que son más largos que el resto del cuerpo. Comprarse ropa en este período, tanto para hombres como para mujeres, es difícil, porque siempre las cosas o les quedan largas de mangas, cortas de pies o al revés, dependiendo de la estructura corporal que estos adolescentes tengan.

A estas transformaciones corporales se añaden situaciones que están asociadas a la autoestima. Los adolescentes se vuelven más desgarbados, aparecen las graciosas espinillas, el pelo se vuelve graso y cuesta más mantenerlo limpio. Por lo tanto, ellos tienden a experimentar muchos cambios emocionales con respecto a su imagen. Hay días en que las mujeres se sienten más lindas, otros en que se sienten más feas; algunas tienden a engordar, otras a adelgazar mucho, a engrosarse. Los hombres empiezan a aumentar la contextura corporal torácica; muchos desarrollan un grado de tetillas, que a veces daña su autoestima. Hay que manejar también los vellos, que de alguna manera los hace sentirse grandes, pero al mismo tiempo les produce mucha incomodidad.

La palabra que simboliza en forma perfecta esta etapa de la vida es justamente la palabra cambio. Aquí todo cambia. Entre los nueve y los once años, todo se está modificando permanentemente: el cuerpo, la estatura, el peso, la contextura, el pelo, la imagen corporal de la cara. La nariz tiende a hacerse más protuberante, porque el rostro no ha terminado de acomodar su estructura facial. Los adolescentes se sienten en general incómodos con la proporción cintura-pies, cintura-tronco. Las orejas también adquieren una preponderancia importante; generalmente, se las perciben más grandes en proporción al tamaño del resto de la cara.

Y toda esta metamorfosis es bastante silenciosa, es poco comentada, se hace evidente quizás cuando uno compra ropa o va al médico, pero no se habla desde lo profundo, desde cómo este adolescente vive solitariamente todo este proceso de cambios corporales.

Empieza también a aumentarles el sueño en forma notoria, cosa que a ellos les produce mucha extrañeza. Se incrementa la sensación de desidia o flojera, lo que los lleva a permanecer «echados» gran cantidad de tiempo, sin mucha explicación para ella o para él. El hecho de estar así los hace parecer flojos, situación que antes de estos nueve años no experimentaban. Antes podían sentir incluso placer al hacer sus tareas y cumplir con sus deberes.

Producto de todos estos cambios hormonales, bioquímicos y físicos, ya comienzan a percibir la «lata», que aparece por primera vez a esta edad. En la generación de estos jóvenes existe una dimensión adicional de lo mismo que podría haber experimentado en la actualidad la generación que cumple 40 años, o sea, sus padres. Porque nuestra «lata» era más bien física, de movimiento. Tendíamos a quedarnos pegados, estancados, físicamente hablando. La «lata» actual va un poco más allá, es más bien existencial; es una «lata» a la vida, a los deberes, a las obligaciones, que se empiezan a apreciar como una carga.

Cambios en la personalidad de los niños

Además, aparecen otros cambios, que son los cambios de personalidad. Los adolescentes se vuelven más introvertidos, más pudorosos, se ocultan más de los adultos, ya no quieren tanto regalonear en la cama con los papás. Y los padres, lamentablemente, a veces permiten este alejamiento, con lo cual los niños se empiezan a sentir más solos.

Estos adolescentes tampoco quieren contar muchas de las cosas que viven a lo largo del día y se vuelven más agresivos. Por primera vez comienzan a sentir que las cosas les molestan, sin saber mucho por qué. Logran experimentar una sensación que antes era desconocida para ellos que es la angustia, y aparece como un apretón en la boca del estómago, como un respirar corto, donde tampoco ellos logran descifrar mucho a qué se debe esto. La mayoría de las veces tiene que ver con cambios hormonales, más que con cambios vivenciales o psicológicos.

Todos estos cambios emocionales van generando un aislamiento y, por lo tanto, conflictos con sus padres, que los empiezan a desconocer en este proceso de crecimiento. Les comienzan a preguntar en forma muy incesante: «Qué te pasa? ¿Por qué estás así? Tú no eras así antes, yo no te crié para esto». Frases que a ellos les producen además mucha culpa, porque tampoco tienen grandes reflexiones y empiezan las clásicas respuestas agotadoras para los papás frente a cualquier pregunta que se les hace, a lo cual ellos res ponden: «No sé, no sé, no sé». O «me da lata hacer esto», «No quiero ir…».

Todo esto comienza a generar en el sistema familiar cierta inseguridad en la forma en que se está educando a los hijos. ‘¿Será que lo tengo que obligar?», es una de las preguntas de los padres. «¿Será que tengo que presionarlo a ir donde su abuelo, por ejemplo, o lo dejo que no vaya?». «¿Respeto que no quiera ir a misa o a un rito judío o al templo o lo dejo en la casa?».

A ese niño o niña esta inseguridad le hace sentir que muchas cosas ya tienen que ser decididas por él o ella, cuando no se sienten preparados para tomar tales decisiones, cuando no sienten que tienen los recursos internos ni externos para poder enfrentar esos temas; ahí la labor de los padres es fundamental.

¿Qué deben hacer los padres?

Hay que obligar a ese niño a ir donde el abuelo, a asistir a la iglesia de la religión que practique la familia; hacer que participe de ritos de almuerzo, como sentarse a la mesa; poder involucrarlo en situaciones como ir al supermercado, a la feria, a pagar cuentas. Que el niño se involucre en esos procesos para que esta confusión interior que él tiene pase a segundo plano en pro de una vivencia familiar más en conjunto, más participativa.

El papá y la mamá deben asumir este proceso de cambio no de manera negativa, sino de un modo positivo. Como un proceso de crecimiento y no como una cosa que les está arruinando la vida. Como algo que está haciendo a mi hijo transformarse en adulto.

Esto también va a ir acompañado inevitablemente por la menarquia o la primera menstruación de la mujer; es de esperar que aquello los padres sean capaces de festejarlo y no mencionarlo como un problema. Ojalá los papás le regalaran flores a su hija ese día, aunque la niña se sienta avergonzada, o que la invitaran a comer para celebrar ese acto. Les aseguro que es algo que su hija no va a olvidar jamás.

En el caso de los hombres, ellos tienen la polución nocturna, pero el primer indicador de este tránsito físico, emocional y de valoración social es mucho más difícil evaluarlo. Primero, porque los niños no tienden en general a contar cuándo la tuvieron. Segundo, porque la mayoría de las veces la detecta la nana o la mamá que descubrió algo en la sábana o en el pijama, aunque siempre uno tiene dudas si eso se debió a una conducta masturbatoria, la que también empieza a aparecer en esta edad. Y eso genera confusiones en el cómo enfrentar el tema con el niño.

Los papás que tienen éxito en este proceso son los capaces de hablar el tema con toda naturalidad. Poder decirle a ese hijo, en una situación de intimidad: «Mi amor, es probable que a esta edad te ocurra que despiertes en la mañana y te des cuenta de que tuviste tu primera eyaculación. Esto es normal, forma parte de tu crecimiento y tiene que ponerte contento y no sentirlo como algo que te invada».

Lo mismo en el caso de la menstruación. Jamás señalar que las mujeres «nos enfermamos» una vez al mes, sino que menstruamos, que tenemos regla, pero no decir que nos enfermamos, porque inmediatamente hace que esa adolescente asocie este período a un malestar, a algo incómodo; que además trae consigo, porque así está dicho culturalmente, los días previos, que es lo que se llama síndrome premenstrual. Son días de molestia para el resto, anda como «idiotita» dicen, «está a punto de que le llegue».

Estas frases que usamos las mujeres de que «me llega», «me va a bajar la menstruación», ‘¿no te ha bajado?», como si fuera algo que viene de los astros o de la luna, como algo externo a mí, donde yo no soy protagonista de lo que me está pasando, generan —sobre todo en mujeres occidentales, latinoamericanas, urbanas— una valoración de la menstruación negativa, porque siempre está asociada a esta «enfermedad» que viene una vez al mes, que además es un lío, porque me impide ir a la playa en el verano, me hace sentir hinchada, me salen espinillas los días antes, me pongo mal genio, ando sensible y no se me puede hablar.




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