Los hijos entre 18 y 24 años

De los dieciocho a los veinticuatro años es una etapa en que yo como papá empiezo a darme cuenta de si mi hijo tiene temple, si fue capaz de mantener sus sueños, si se maneja frente a las frustraciones laborales o universitarias, si afrontó con hidalguía y con mucha dignidad su primer “fracaso” o aprendizaje de una mala PSU, y cómo enfrentó esa situación. También cómo afrontó sus relaciones de pareja ahora más estable, por más tiempo, con personas más adecuadas, donde ya los errores del pasado tienen que pasar a ser aprendizajes del presente. Y, por lo tanto, ser capaz de consolidar relaciones basadas en el respeto, en un amor que hace bien, que no daña, que no provoca dolor, que simplemente hace crecer, y así se empieza a entender un concepto que es clave: el amor es mucho más que una emoción o sentimiento; es una decisión que yo tomo con el otro y que recién a esta edad uno debiera tener orientada.

Yo que me casé a los veintidós años, y no tenía claro ese factor anterior. No entendí en términos internos y de madurez que el amor era además una decisión. Estaba absolutamente centrada en el sentimiento y eso, diez años más tarde, provocó una separación matrimonial, muy mal manejada además por mí, producto del golpe de haber entendido algo que debiera haber sido capaz de incorporar en este ciclo de edad.

Y así entramos en la etapa de los dieciocho a los veinticuatro años, la etapa de la carrera universitaria o superior, de la carrera técnica, de buscar un trabajo para ayudar a la familia. Aquí los elementos clave son no desertar, no cambiar, poder de alguna manera mantenernos dentro de una ruta estable. Hay que saber manejar juntos el esfuerzo con los problemas emocionales; por ejemplo, si tengo pena, igual tengo que estudiar para la prueba que viene. También hay que tolerar los primeros fracasos emocionales y académicos; poder quizás permitirse algún cambio de carrera, pero nunca más de uno y con razones absolutamente fundamentadas frente a los padres, en forma madura y responsable. Poder restablecer relaciones con los padres un poco más maduras, con límites claros, con horarios establecidos y con el respeto a las normas de la casa en la cual se vive. Mientras se viva en la casa de los padres, los adolescentes o adultos jóvenes, ya a los veinticuatro años, igual tienen la obligación de respetar las reglas que los padres establecen para su comodidad. De otra forma, ese hijo tiene que hacerse cargo de su vida económica y poder vivir de acuerdo con las reglas que él mismo defina en la más absoluta independencia. Para ser libre, hay que ser responsable. primero. Y por lo tanto, hay que adecuarse a las reglas de la casa en la cual se ha crecido.

También es importante que este joven, entre dieciocho y veinticuatro años, busque redes anexas de ayuda, relaciones que de alguna manera le permitan establecer formas de estudio y grupos de solidaridad que lo hagan salirse de sí mismo, “incendiarse” por dentro, para que ese “incendio” pueda ayudar y beneficiar a otros a su alrededor.

Las parejas y el amor en esta etapa

Las relaciones de pareja ya parecen más estables, más maduras, y probablemente, y en forma también inadecuada, aparecen las primeras convivencias, donde muchas veces suponen que con el convivir van a poder “probar” cuán bien se pueden llevar en un futuro matrimonio, lo cual no necesariamente es así.
Ahora, si las personas no creen en el matrimonio, a mí me parece bien que ya a los veinticuatro años se empiece a hablar de poder compartir la vida juntos. Lo ideal es que eso sea bajo un compromiso seguro, donde una firma no le quite importancia, ni le dé más al vínculo del amor y a la decisión de compartir la vida. Donde, además, estas convivencias sean financiadas por ellos mismos y no por sus padres, porque muchas veces ocurre que los padres ayudan económicamente a sus hijos, con lo cual les hacen el “flaco favor” de hacerlos cada vez más débiles y dependientes de las decisiones o de las opiniones de estos mismos padres, quienes empiezan sin querer a entrometerse y a entrar en el mundo y en la realidad emocional de esta pareja joven. Ojalá que inicien esta vida juntos desde la nada para que puedan sentir la satisfacción y el comienzo de todo.

La búsqueda de la vocación

También hay una generación en esta edad, un grupo gigantesco, que trabaja y estudia, que tiene la posibilidad de compartir el mundo laboral y el estudio. El único riesgo de esto es el gustito que uno puede ir adquiriendo por el dinero y, por lo tanto, ir dejando el estudio un poco de lado. Siempre el sueldo tiene que ayudar a consolidar la carrera universitaria. Y si no se pueden hacer ambas cosas, se trabaja durante un tiempo, para después estudiar y adquirir una profesión, ya sea técnica o universitaria, porque esto es clave en el éxito de la vida. La gente que sólo sale de 4° Medio con una PSU rendida y después no sigue estudiando tiene escasas posibilidades de triunfar. Y si no tiene una PSU, porque está en otro país, pero salió de la secundaria sin un título, tiene también muy pocas posibilidades de obtener un buen sueldo que le permita cubrir todas sus necesidades a lo largo de la vida y de formar una familia.

Poseer una carrera universitaria o técnica es clave en el desarrollo de la individualidad, del crecimiento humano y de la globalización que hoy la vida va permitiendo. Éstos son los aspectos más relevantes entre los dieciocho y los veinticuatro años que hay que desarrollar, y que tenemos que fomentar como papás.

Hay que mantener a los jóvenes en el esfuerzo, en la convivencia familiar, porque aunque estén grandes, se deben sentar a la mesa y visitar a sus abuelos; tienen que colaborar con los hermanos menores, deben participar de la comunicación con sus padres y también preocuparse por ellos. Aunque estén grandes, tienen que avisar y de alguna manera pedir permiso para ciertas cosas que puedan transgredir los códigos valóricos de sus padres. Aunque estén grandes, deben tener la humildad de entender que igual siguen dependiendo emocional y económicamente de la autoridad de los papás y que, por lo tanto, a ellos siempre les deben agradecimiento y respeto.

Y, sobre todo, estos jóvenes tienen que ir valorando ya los primeros grandes dolores en la vida, ya sea por pérdidas, por partidas, por muertes o por desilusiones amorosas, académicas o profesionales. Tienen que visualizar cómo de alguna manera todos esos pequeños traspiés en la vida van a generar la tremenda maravilla de ir consolidando temples fuertes, personas sólidas, que de una u otra forma se van a hacer grandes y potentes adultos que de verdad van a aportar a la sociedad.




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