Los límites en los adolescentes

Es un tema de preocupación para los padres en forma masiva; los límites. Hasta qué hora les doy permiso a mis hijos para salir, por ejemplo.

Evidentemente que ya a los catorce o a los quince años empiezan las salidas nocturnas, pero éstas tienen que ser siempre con un horario controlado, que no debiera ser nunca más allá de la 1 de la madrugada, como máximo a la 1:30, y donde yo los vaya a dejar y a buscar al lugar, y ojalá no con el sistema de radiotaxi. Puede haber un amigo que me los lleve y me los traiga en ciertas ocasiones, pero igual prefiero que la mayoría de las veces seamos los padres los que hagamos esto, simplemente por un tema de observar el lugar, la discoteca, la casa o a los amigos. Por más que un amigo mío vaya y haga el turno, no me va a contar toda esa información. El ver a mi hijo, el tomarle el olfato, el mirar sus ojos, el observar cómo salió y con qué estado de ánimo son antecedentes importantes para poder saber en qué están él y el grupo con el que frecuentemente sale o tiene contacto. Por lo tanto, creo que ese tema es clave en la postura de los límites.

Para que uno pueda ser libre en la vida, necesariamente tiene que aprender a ser responsable. Por lo tanto, yo como madre, como padre o como tutor de un niño no puedo entregar libertad si es que no he logrado descubrir si mi hijo es responsable con las cosas internas de la casa. Me refiero a cuántas veces pierde las llaves de la casa en el año, cuántos celulares ha extraviado —si es que ha tenido—, cómo tiene ordenada su habitación, si cumple o no con sus deberes escolares, si tiene buenas notas, si es un adolescente responsable, para que de verdad yo pueda suponer que va a funcionar con el placer en forma correcta. Eso requiere que yo conozca a mis hijos e hijas. Tengo que ser capaz de observarlos desde una panorámica bastante más amplia que el solo hecho de saber que quiere o no quiere ir a una fiesta.

Ese conocimiento amplio pasa por la historia de vida con ese hijo, y que no ocurre recién a esta edad, sino mucho antes, y que permitirá tomar decisiones. Aquí es donde entra el conflicto con esta concepción de que los padres tendrían que ser amigos de sus hijos. Yo no puedo ser amiga de mi hijo o de mi hija nunca; sí puedo establecer vínculos de confianza. Me estoy refiriendo a la amistad mal entendida donde, como sucede muchas veces, mi hijo o mi hija me puede garabatear y faltar el respeto, donde a mí como padre se me complica darles órdenes porque siento que no me hacen caso, donde los límites que yo les coloco los traspasan sin sanción porque no quiero verlos molestos conmigo. Empieza a existir entonces un temor de los padres a que los hijos se enojen con ellos; por lo tanto, tienden a entregar muchos permisos para que los hijos los consideren buenos padres. Eso viene asociado además a la idea de compensar con la compra de cosas —tenga pocos o muchos recursos— las faltas de afecto o de preocupación real por estos niños.


El valor actual de lo material por sobre el afecto

Acabo de terminar un estudio donde les preguntaba a los niños: “¿Qué cosas recordarían de sus padres si se mueren hoy?”. Los niños tenían edades entre once y quince años. El 95% respondió que recordarían que sus papás trabajaban arduamente y que los veían muy poco, pero les compraban todo lo que ellos querían. Cuando leí la conclusión sentí una gran angustia, y pensé: “¿Qué voy a recordar yo de mi madre?”. Mi mamá me hacía la torta de cumpleaños, pero se demoraba tres días en ello; hacía el bizcocho un día, al otro día había que cortar el bizcocho para que se humedeciera con ron, azúcar y agua, después había que ver si se rellenaba con manjar o con merengue. Todo eso implicaba cariño; nunca mi mamá iba a comprar una torta hecha.

Hay situaciones en que los padres estamos obligados a repensar lo que estamos haciendo. Si nos preguntamos cómo queremos que nuestros hijos nos recuerden cuando no estemos, dudo de que queramos ser recordados solamente por haber comprado cosas. Espero y pienso que la gran mayoría de los padres lo que quiere es que sus hijos recuerden las otras cosas, las que no tuvieron valor económico. El rascado en la espalda, el besito, aunque los niños lo rechazaran porque eran adolescentes y porque tenían que mostrarse grandes; el haber cocinado algo rico, la mesa bien puesta, etc. Espero que ésos sean los recuerdos que los padres quieran obtener.

Esto es una invitación a la reflexión con el tema asociado a los límites, al cómo los papás estamos normando y educando a nuestros hijos. Un niño para que se cuide solo, necesita ser cuidado primero, y requiere ser cuidado por sus padres, no por la sociedad, ni por el colegio, ni por la policía. Como papá tengo la responsabilidad del cuidado que le otorgo a mi hijo, y de colocarle todas las restricciones posibles para que él se pueda educar y crecer siendo la mejor persona. Mientras más grande salga mi hijo a vivir el mundo adulto, con las exigencias que tiene, en la sexualidad, en la responsabilidad, será mejor para él. Por lo tanto, el tema de la concepción de responsabilidad para entregar libertad es clave.




Califica este Artículo:
0 / 5 (0 votos)






Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *