Nuestra responsabilidad como adultos en el fenómeno de las tribus urbanas

Este es un fenómeno que se ha generado básicamente desde nosostros los adultos.Es la mamá la que financia la compra de ropa, por ejemplo; eso es lo más asombroso. Como mamá financio que la niña se vista de negro si es gótica. Por lo tanto, yo soy responsable entonces cuando la veo pintada con la cara blanca y la boca negra, vestida de negro, y la encuentro espantosa y la critico; es decir, tengo que tener la capacidad de reconocer que yo auspicié aquello. Y eso tiene que ver con un tema de control parental.

Yo como mamá tengo que tratar que ellos, si pertenecen a un grupo, tengan la suficiente información sobre los valores que ese grupo lleva encubierto.

Entonces si a mi hija le gusta Hannah Montana, yo tengo que conocer a Hannah Montana como mamá. Y tengo que saber qué valores tiene; por lo tanto, tengo que ver y meterme en la serie. Y preguntarle a mi hija: “¿A ti te parece bien que esta niñita sienta que a lo mejor lo más importante es ir a comprarse ropa y no hacer otras cosas? ¿Qué cosas buenas hace Hannah Montana que de verdad a ti te provoquen admiración y tú digas que quieres ser como ella? A lo mejor va a decirme que se ve bonita, que se preocupa por ella misma, perfecto, ni un problema, eso hay que copiarlo. Pero hay otras cosas que Hannah Montana tiene que probablemente son superficiales, son frías y que a mí no me gustaría como mamá que las tuviera mi hija. “¿Por qué no miras bien si a lo mejor hay otras cosas que podrías copiarle a Hannah Montana y otras no?”.

Pero para eso yo tengo que estar adentro en el proceso. Los papás, cuando empiezan a ver estos fenómenos en los niños, se alejan y comienzan a mirar desde afuera esta película que no les gusta ver, pero no hacen nada, no conocen la realidad, no pueden influir. Insisto en que a partir edad y por lo menos hasta los 18 años, se inicia un proceso que es clave, y que consiste en que es mejor hacerles a los niños buenas preguntas que darles buenas respuestas.

Para eso tengo que tener la capacidad de preguntar: “A ver, ¿por qué tú quieres vestirte de negro, qué te hace sentir el negro, estás deprimida, estás triste, por qué el negro hace sintonía con tu alma?”. Y eso el adolescente tiene que ser capaz de responderlo, porque si va a representar un rol en la sociedad, tie­ne que estar convencido del rol que representa. Todo tiene que ver con el convencimiento de lo que yo es­toy viviendo. Entonces yo puedo permitirle a un hijo, que tiene buen rendimiento, que es cariñoso conmi­go, que se vista de negro durante cierto período, por ejemplo, siempre y cuando eso esté asociado a una posición sólida que ese niño mantenga durante ese rato, porque eso me da la tranquilidad como mamá de pensar que eso va a pasar.

¿Cuándo no pasa el tema?

Cuando está sola­mente apoyado en el grupo. Y yo soy del grupo por­que ahí conozco a Luis, a Pedro y a Diego, y si yo dejo de ser como ellos, pierdo a mis amigos. Entonces, mi amistad está determinada solamente por esa confi­guración. Lo que el niño tiene que entender es que si Luis, Pedro y Diego son sus amigos, van a seguir sién­dolo aun cuando él no sea de un grupo especial. De otra forma quiere decir que nunca fueron verdade­ros amigos; por lo tanto, allí tiene que haber alguien adulto que regule. No puede regularlo el niño solo si no tiene las habilidades a los trece años para poder hacerlo.

El tema de las tribus urbanas es un llamado de atención a los padres y a la concepción de cuán atrac­tivas están siendo nuestras vidas en nuestros hogares. Qué hace que nuestros niños quieran salir de ahí, a formar grupos afuera y no quieran traer a sus casas las amistades o los vínculos afectivos que van forman­do. Es una alerta. Hoy no nos podemos sentar en los livings de nuestras casas porque tiene que estar todo impecable siempre. Todo está tan aséptico y desinfec­tado que molesta estar adentro. No hay redes de co­municación entre la familia porque cada uno está en su sección: el papá con su notebook o haciendo algo en el taller, la mamá está en la cocina, el hermano mayor está en un computador, el hermano del medio se encuentra en el otro si es que hay dos computado­res, y si sólo hay uno, están peleando para podérselo turnar. Y no hay espacio para conversar. La comida es algo rapidito; el concepto de sobremesa no existe. Entonces sacamos a los niños y a esta edad los empe­zamos a echar de las casas. Cuando ya se los echa a los trece años, difícilmente van a volver a los quince o a los dieciocho.

 Una anécdota al respecto…..

En un taller también de pa­pás-hijos en un colegio, se me acercó un niño, debió tener 13 años, y me dijo: “Sabes que yo cuando chico era súper comunicativo, yo llegaba del colegio y ha­blaba y hablaba, y le contaba a mi mamá todo lo que me sucedía: en matemáticas esto, que el recreo esto otro, que mi amigo me convidó un queque, que en el kiosco empezaron a vender unos alfajores que son buenos; todo lo contaba. Y ahora estoy súper extra­ñado, porque ya no hablo nada en la casa”. Entonces le señalé: “Bueno, pero puede ser que el proceso de adolescencia te esté como metiendo para adentro”. “No —me dijo—, yo creo que hay otra cosa”. Entonces le indiqué: “A ver, pensemos, ¿qué hacían tus papás cuando antes tú llegabas hablando?, ¿cómo reaccio­naban ellos?”. Ahí el niño se empezó a reír y me res­pondió: “Ellos siempre me hacían callar, habla cortito, sintetiza, me decían; si hay que pagarte para que te quedes callado”. Por mi parte empecé a reír sola y él encontró la respuesta: “Ahí está la explicación, o sea, ellos me obligaron a quedarme callado”. Enton­ces le dije: “Ahora tú harás el trabajo inverso. Si tú eras sociable, tienes que recuperar el tema”. Media hora después se acercaron los papás y me dijeron:

“Queremos preguntarte algo. Estamos preocupados porque nuestro hijo, que tiene 13 años, cuando chico era súper expresivo y no sé por qué se ha vuelto ahora tan callado. ¿Tendrá que ver con la adolescencia?”. “Bueno —les señalé—, un poco, pero él ya tiene la res­puesta, así es que yo prefiero que se las dé él”. Llamé al hijo y le indiqué: “Joaquín, tus papás me acaban de preguntar por qué cuando chico tú eras tan hablador ahora no hablas casi nada. Cuéntales lo que conver­samos”. Y el niño les contó y los papás comenzaron a reírse, pero con algo de culpa, y afirmaron: “Le inhibi­mos la personalidad y sin darnos cuenta”.

O sea, con esta cosa rápida de la vida, de hábla­me cortito, que hay que pararse, que hay que irse, objetivamente inhibimos la personalidad de nuestros hijos. Eso mismo nos pasa a muchos padres que no nos damos cuenta de cómo nuestros comportamien­tos generan consecuencias permanentes en las per­sonalidades de nuestros hijos, de las cuales después nosotros nos vamos a quejar.




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