Ser mejores para nuestros hijos

He recorrido los rostros de muchos niños y jóvenes de todo el país y fuera de él, entre los nueve y los treinta años; entonces vienen a mi cabeza y a mi corazón miles de rostros de hombres y de mujeres, de adolescentes, de familias completas, de padres angustiados, y sin duda alguna no puedo dejar de conectar esto con una pregunta: ¿Qué está pasando en el mundo adulto? En la generación de los cuarenta y de los cincuenta años no estamos dando un buen testimonio de preocupación por estos niños, porque tratamos de tenerles todo lo que necesitan, pero que no es lo que ellos de verdad nos están pidiendo.

Nos están pidiendo más afecto, más caricias, más límites, más orden, un mundo más seguro por el cual transitar, un mundo más claro. Hay algo ahí que tenemos que reflexionar y que modificar en pro del crecimiento de la espiritualidad y del trabajo de estos niños en forma interna. Ojalá cada día haya más adolescentes y niños así, más compromisos, más matrimonios, más “yo sí quiero”, más decisiones de amor, aunque a veces sean dolorosas o impliquen poco tiempo, pero recuerden que el tiempo cronológico nada tiene que ver con el tiempo emocional y espiritual de las cosas. Las cosas a veces duran poco, pero pueden marcar toda la vida.


Seamos los conductores y la inspiración de nuestros hijos

Hay un montón de estudios que prueban que basta con que un adolescente se encuentre con un solo adulto significativo como referente de modelo, como maestro y no como profesor, como conductor de vida, para que cambie su forma de ver las cosas.

Los niños son prestados; mis hijos también son prestados, y espero que cuando se vayan de mis manos, sean las mejores personas que pueden llegar a ser. Ésa es la responsabilidad de los adultos: transformar la vida de los niños y dejarlos siendo buenas personas cuando nosotros ya no estemos, cuando de verdad formemos parte del otro mundo, cuando de verdad podamos sentirnos orgullosos de la generación de adolescentes que formamos y eso nos permita llegar al corazón de ellos.

Llegar al corazón de ellos es mucho más fácil de lo que ustedes suponen. La gente que me ha escuchado en charlas sabe que es cierto. Incluso, muchos de ellos me dicen: “Nos retaste durante más de dos horas y nos vamos felices. Nunca nadie nos había hablado con tanta claridad”. No quiero sentirme especial, sino sentirme como un instrumento. Alguien como cualquiera que simplemente se atrevió al riesgo de intentar cambiar y de confiar en la generación que viene. Creo profundamente en los adolescentes de este país, pero en lo que me cuesta creer es en los adultos; por lo tanto, si los adultos cambiamos como motor de vida, como testimonio de acción, claramente vamos a tener una generación de adolescentes que sí vale la pena educar y que a la larga van a ser los grandes constructores del mundo.




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